Lo que para unos es bello, para otros es feo: la arquitectura brutalista divide opiniones. En muchas ciudades hay edificios brutalistas para amar u odiar.Nada menos que a 10 Óscar aspira la película "El brutalista", que narra la historia de un arquitecto que sobrevive al campo de concentración de Buchenwald y emigra a Estados Unidos. La crítica se ha rendido al film, que ya ha cosechado galardones en los Globos de Oro y los BAFTA.
La controvertida estética arquitectónica brutalista, masiva y radical, está en el centro de la acción. Es un estilo que no hace concesiones a la forma, la apariencia, los adornos y los colores. Los edificios parecen toscos, intimidantes e inaccesibles, efecto al que contribuye la utilización de hormigón en bruto, conocido en francés como "béton brut". La asociación con los búnkeres es inmediata.
Le Corbusier, uno de los pioneros
Este estilo arquitectónico surgió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando escaseaba espacio habitable. Uno de los pioneros fue el arquitecto suizo-francés Le Corbusier, a quien encargaron la construcción de un gran complejo residencial en Marsella.
Entre 1947 y 1952, fue erigida la "Cité Radieuse", un complejo de casi 140 metros de largo, 25 de ancho y 56 de alto con 330 viviendas para un máximo de 1.700 personas, que incluye calles comerciales, guarderías e instalaciones de ocio, en el conjunto de un edificio que se eleva sobre poderosos pilotes. La construcción es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2016.
La "Cité Radieuse" supuso solo el principio. En la década de 1970, el estilo arquitectónico brutalista conquistó el mundo entero. El hormigón era un material de construcción barato y las formas rectas permitían tiempos de construcción relativamente cortos. Una gran parte de estas construcciones son edificios públicos, como ayuntamientos, universidades, iglesias o bibliotecas. O son gigantescos bloques de pisos con infraestructura propia, que parecen ciudades autónomas.
El brutalismo sigue influyendo en la arquitectura actual: los arquitectos contemporáneos incorporan elementos de este estilo en sus diseños. Pero los edificios brutalistas no sólo tienen admiradores. Y es que hay que tener mucha imaginación para ver los bloques grises de hormigón como algo bello.
Casi todas las ciudades tienen uno de estos edificios, cada vez más oscuros, ya que el color se va ensombreciendo poco a poco debido a las influencias ambientales. "A estos edificios les importa un comino lo que les rodea", dijo la historiadora del arte alemana Karin Berkemann en una entrevista en 2017. "Dicen: soy un edificio, enfréntate a eso".
Derribar o conservar
Esa confrontación puede producirse de diferentes maneras. Los "Robin Hood Gardens" de Londres, viviendas sociales construidas por los arquitectos británicos Alison y Peter Smithson, acabaron siendo demolidas en 2017. El complejo Fue calificado de "fracaso" y "monstruosidad de hormigón". Para la organización patrimonial English Heritage, era "un lugar fallido para la vida humana desde el principio".
Hubo numerosas protestas y peticiones para que el edificio fuera declarado monumento histórico, pero, finalmente, fue demolido como parte de un plan urbanístico más amplio. También en Alemania se están derribando algunos "búnkeres de hormigón". En Hamburgo, por ejemplo, la pirámide de Correos fue demolida en 2017.
El "rollo de papel higiénico" y otros edificios salvados
A pocos kilómetros, hubo una polémica arquitectónica en torno a la iglesia católica de San Maximiliano Kolbe, construida en 1973, que iba a ser demolida debido a importantes daños estructurales, a pesar de que era un edificio protegido. Grandes protestas, una reorganización de la Ley de Protección de Monumentos de Hamburgo y un concepto de uso sostenible salvaron la iglesia, también conocida como el "rollo de papel higiénico" por su llamativa forma. Hoy, alberga un centro de reunión social.
En el suroeste de Berlín, el llamado "Mäusebunker" (búnker de los ratones) se erige desde 1971 como una nave espacial marcial sobre un canal. Antes era un centro de experimentación animal del hospital Charité, de ahí su apodo. Su arquitectura es brutalismo en estado puro, pero estuvo a punto de ser demolido. Aquello desencadenó una oleada de protestas y se lanzó una petición para proteger el extraordinario edificio. Al final, se salvó.
No sólo los conservacionistas y los aficionados al brutalismo encuentran buenos argumentos a favor de preservar los colosos de hormigón. Los ecologistas también están a favor de un nuevo uso o renovación en lugar de la demolición total. Critican el hecho de que, tanto el desmantelamiento como la eliminación de materiales de construcción viejos tienen un impacto considerable en el medio ambiente. De hecho, la demolición de un edificio de este tipo puede ser un auténtico problema, no sólo por los elevados requisitos energéticos, sino también por los materiales que se utilizaron en su día, desde amianto hasta poliestireno.
(ms/ers)