En un país como el nuestro repleto de calorías vacías, azúcares y conservadores, la urgencia de una mejor dieta debería estar entre nuestras prioridades personales y familiares.
De acuerdo con las últimas cifras disponibles del sector salud, México es una nación de diabéticos y de enfermos crónicos cardiovasculares por décimo año consecutivo, al igual que el nivel de obesidad afecta al 70 por ciento de la nación.
En esas condiciones cualquier sistema de salud tiene mucho por hacer y rendir. La prevención de enfermedades es un remedio de emergencia que ya no puede postergarse y como ciudadanos tenemos que cambiar nuestros hábitos a partir de ya.
La mayoría de los productos envasados y aquellos de consumo general como pastelillos y golosinas contienen conservadores y colorantes prohibidos en Estados Unidos y en Europa.
Su publicidad, sobre todo hacia los niños sigue siendo engañosa, y a pesar del éxito del etiquetado obligatorio, las familias cuentan con información todavía insuficiente del contenido de ciertos alimentos y bebidas.
Una fuente confiable es la Procuraduría Federal del Consumidor, encabezada por su titular Iván Escalante, la cual se ha metido en las entrañas de los procesos de fabricación para darle datos útiles a los ciudadanos acerca de lo que adquieren.
Sin embargo, corregir las malas prácticas de parte de la industria alimentaria es una tarea de constancia. No es el único sector productivo que vigila la Profeco, pero si nosotros no hacemos buen uso de sus hallazgos y pruebas, seremos presa fácil de la falsa publicidad y de la mercadotecnia abusiva.
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Todas y todos buscamos hacer rendir nuestro dinero y comprar en las mejores condiciones de precio y calidad, pero no son los únicos parámetros, también debemos utilizar nuestro poder de consumo para obligar a que los artículos que se nos ofrecen cumplan con su promesa de compra y los alimentos tengan el valor nutricional correcto para mejorar nuestra nutrición.
Otro esfuerzo relevante es el que lleva a cabo Alejandro Calvillo, una autoridad en la materia, a través de la organización El Poder del Consumidor.
Sus aportes han sido clave en regular a sectores que, al no ver oposición, buscan aprovechar lo que no está prohibido para hacerlo una mala práctica en contra de quienes deberían proteger que somos sus clientes.
Una reciente contribución, aunque ya era conocida desde sus tiempos como titular de la misma Procuraduría, es la del ahora senador Ricardo Sheffield Padilla, quien se ha puesto a recorrer supermercados en busca de productos populares que contienen sustancias consideradas cancerígenas y que han sido vetadas desde hace años en varias naciones desarrolladas.
La mejor noticia para el consumidor es saber que su queja tendrá eco y que las autoridades respaldarán su denuncia por un servicio mal prestado o un producto defectuoso.
No obstante, uno de los mayores poderes civiles es el de negarse a comprar una mercancía que incumple con los mínimos estándares de calidad y de norma.
Empresas y consumidores pueden hacer crecer mercados y darles futuro a industrias enteras, pero eso solo se logra cuando hay un respeto por el cliente y ética para fabricar los mejores productos.
Esos productos tienen que contribuir a la buena alimentación y ésta a la prevención de padecimientos, unido a una cultura de actividad física y de atención a la salud mental.
Mercados sanos y correctos son posibles. Nuestra corresponsabilidad como ciudadanía es hacer valer nuestro peso en la decisión más poderosa en el consumo: comprar o no cualquier producto, sin importar la empresa que lo fabrique. Pero es una tarea de todos, donde un consumidor hace la diferencia y una mayoría cambia para siempre un mercado.